Todos hemos caído en el juego de hacer preguntas “estúpidas” a algún sistema de inteligencia artificial. No importa si es ChatGPT, Gemini o cualquier otro: estás aburrida, con curiosidad o simplemente probando una nueva herramienta de la que te han hablado empiezas a preguntarle de todo: “¿Esto que me pasa es síntoma de alguna enfermedad?”, “¿Cómo puedo saber si mi mejor amigo me está mintiendo?” o “¿Podrías escribir un mensaje para decirle a mi ex que lo echo de menos?”.
Todo esto nos puede parecer una manera de pasar el rato, de buscar respuestas a dudas del día a día. Algo inofensivo, incluso divertido (y muchas veces lo es, no vamos a engañarnos), pero también tenemos que plantearnos que, detrás de esas preguntas aparentemente sin importancia, hay algo muy serio: estamos entrenando a una tecnología, y lo hacemos regalándole información de nuestra vida privada.
¡Uf! Dicho así suena bastante dramático, ¿no? Pero vamos a ver un poco más en profundidad de qué estamos hablando…
El peligro no está en la pregunta, sino en lo que revela
Cuando escribes en una herramienta de IA, no estás hablando con un amigo, ni siquiera con una persona (a pesar de que casi, casi parezca que sí). Estás interactuando con un sistema que recopila, analiza y aprende de cada dato que introduces. Y aunque muchas grandes tecnológicas digan que no almacenan o identifican la información personal (ejem, ejem…), lo cierto es que muchos modelos de IA necesitan datos reales para mejorar. Es decir, cada vez que introduces una consulta, estás contribuyendo a su aprendizaje… con información que puede ser más sensible o íntima de lo que crees.
Piénsalo: si le preguntas a una IA “¿Cómo puedo redactar una queja contra mi empresa?”, puede que ya le estés diciendo dónde trabajas (o dándole alguna pista al respecto). Si le cuentas detalles sobre tu pareja, tu salud o tu última pelea con tu madre, estás compartiendo información personal que, en manos equivocadas o mal gestionadas, podría identificarte. Incluso aunque no pongas tu nombre, la combinación de ciertos datos (localización, contexto, horarios, etc.) puede bastar para reconstruir quién eres.
Tip: si usas alguna IA, como ChatGPT, y tienes activada la opción de que vaya guardando lo que le cuentas en su memoria, ve al panel de Configuración de la herramienta y busca el apartado “Memoria”… te sorprenderá saber todo lo que sabe de ti.
La falsa sensación de intimidad
Muchas herramientas de inteligencia artificial conversan prácticamente como una persona, es increíble el resultado que logran. Usan tono, empatía y hasta sentido del humor, incluso puedes configurar en qué tono quieres que te “hable”: sin rodeos, práctico, empático, con lenguaje coloquial, como un amigo… Esto, inevitablemente, nos genera una sensación de confianza inmediata. Nos hace bajar la guardia e ir creando un vínculo. Pero la IA no tiene emociones, ni confidencialidad profesional. No es un psicólogo, ni un abogado, ni un amigo. No tiene el deber de guardar silencio sobre lo que le cuentas, ni tan siquiera de interpretarlo bien en todos los casos (aunque, bueno, en este sentido las personas también tenemos nuestros fallos, pero se nos entiende, ¿no?).
Aquí, entramos en riesgos tanto a nivel psicológico como tecnológico: cuanto más cómodos nos sentimos, más información damos. Le contamos cosas que ni pondríamos en un correo, o que incluso no le contarías a un amigo. Le pedimos que nos ayude a escribir textos personales, redactar mensajes delicados o tomar decisiones importantes. Y cada palabra de esas conversaciones puede ser almacenada, analizada y utilizada para mejorar modelos futuros, entrenar sistemas o incluso alimentar nuevas funciones, sin nuestro consentimiento explícito.
Privacidad y protección de datos: un punto a no olvidar
Teniendo en cuenta lo comentado, es inevitable plantearse muchas preguntas desde el punto de vista de la protección de datos: ¿qué pasa realmente con toda la información que damos? ¿Tenemos realmente control sobre ella? Como usuarios, ¿en realidad sí que podemos “borrar” esa memoria de la IA, o siempre quedará algo residual?
En la práctica, no siempre tenemos respuestas claras, y aunque cada vez hay más regulación sobre la IA, y son más las empresas que se esfuerzan por ser transparentes, muchas políticas de privacidad siguen siendo vagas, poco informativas o demasiado técnicas. Y aunque el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) obliga a las empresas a informar y limitar el uso de los datos personales (entre muchas otras obligaciones) la frontera entre “dato personal” y “dato de contexto” a veces se vuelve difusa con la IA. Porque incluso sin nombres, los algoritmos pueden inferir identidades, comportamientos o patrones.
Además, las herramientas que parecen “gratuitas” suelen pagarse con algo más valioso que el dinero: los datos. La información personal y contextual que introducimos se convierte en materia prima para entrenar futuros modelos o crear perfiles de usuarios. Nosotros siempre lo decimos: si algo es gratis, probablemente lo estés pagando con tu información.
¿Nuestra información está segura al interactuar con la IA?
A veces, el problema no es solo que alguien quiera usar tus datos, o para qué quiera utilizarlos, sino la posibilidad de que sean sustraídos. Las plataformas de IA (igual que cualquier otro sistema) pueden sufrir brechas de seguridad: fugas de conversaciones, errores de configuración o accesos indebidos a historiales. Si en esas conversaciones había datos de trabajo, de clientes, temas personales o información sensible, las consecuencias pueden ser graves: desde sanciones por incumplir el RGPD hasta daños reputacionales irreparables.
Por eso, siempre tratamos de recordar que nunca deberías introducir información confidencial o identificable en una IA sin un entorno controlado. Nada de documentos internos, nombres de clientes o detalles de proyectos. Y mucho menos datos de salud, familiares o financieros. Y, si vas a introducir algo, intenta jugar con las palabras y los detalles, para evitar que la información sirva realmente para identificar algo o a alguien. En resumen: trata cada interacción como si fuera pública.
Entonces, ¿cuál es el mayor riesgo de esas preguntas “estúpidas”?
El mayor riesgo no es hacer preguntas “estúpidas”. Es olvidar que no estamos solos al hacerlas. No estamos hablando con una persona, desde luego que no, pero tampoco con un ser “neutro”, no estamos anotando cosas en nuestro diario. En realidad, estamos alimentando un sistema que depende de nuestra información para crecer, pero que no solo se alimenta de lo que le contamos nosotros, sino todo el mundo, de todo internet; y sobre todo, que tiene capacidad de combinar bases de datos y por tanto, aunque digan que no lo hacen… podrían, si quisieran.
Por eso, uno de los mayores riesgos es la exposición involuntaria, esa intromisión silenciosa en nuestra intimidad, en muchos detalles de nuestra vida, a cambio de comodidad, respuestas a la curiosidad, o por simple diversión (o no me digas que no has tenido tu momento “ChatGPT, convierte esta foto que te voy a pasar en una imagen estilo anime/Pixar/caricatura…“
Por ejemplo, al pedir a la IA que te ayude a planificar tus comidas o a preparar una receta con lo que tienes en casa, estás revelando datos sobre tu dieta, posibles alergias o incluso tu nivel socioeconómico.” Esto traduce los riesgos teóricos en situaciones cotidianas fácilmente reconocibles. Si usas esta misma regla al resto de tus interacciones, ¿Qué más datos le estás revelando?
Un poco de conciencia hace la diferencia
La IA ha llegado para quedarse, eso está más que claro. No se trata de dejar de usar este tipo de herramientas, pues recomendarte esto sería absurdo, sino de hacerlo con criterio. Pensar antes de escribir, igual que pensamos antes de publicar algo en redes o de enviar un correo (bueno, damos por hecho que lo haces…). Preguntarnos “¿me sentiría cómoda si esto apareciera en un foro público?” o “¿me gustaría que mi familia supiera esto de mí? Si la respuesta es no, probablemente no deberías contárselo a una IA.
(Por cierto, en relación con todo esto, ya te hablamos en este artículo de hace un tiempo sobre el derecho de acceso y de la posibilidad de que un cliente pudiera acceder a nuestras comunicaciones internas).
Porque la inteligencia artificial puede ser una herramienta increíble, pero no deja de ser eso: una herramienta. Y como toda herramienta poderosa, depende de cómo la usemos. Y esto también es importante, porque no podemos echar balones fuera: si al final llegara a haber un problema (que te afecte a ti, a otra persona o a tu empresa, por ejemplo), hay que recordar que la responsabilidad última recae sobre los usuarios y sobre el buen (o mal) uso que hacemos de estos sistemas, no podemos responsabilizar a la “máquina”, o al menos no en cualquier situación o contexto.
Y no queremos dejar pasar la ocasión para recordar que el uso de la IA también tiene un impacto considerable a nivel medioambiental. La IA es una herramienta poderosa, pero no gratuita: cada uso implica consumo de energía y recursos. Utilizarla con criterio no solo es una cuestión de eficiencia, sino también de responsabilidad con el entorno que compartimos.
Y la próxima vez que te tiente hacerle una pregunta absurda a la IA, recuerda, ¿le harías la misma pregunta a tu jefe, tu amiga o tu padre? Lo que parece una tontería puede revelar más de ti de lo que imaginas.